lunes, 30 de noviembre de 2009

Un día en la panadería
















Es vistoso sentarse una mañana en una de las tantas panaderías que pululan por la zona Norte de Anzoátegui. Ver a eso de las 6:00 am desfilar a padres comprándole los ingredientes de la lonchera a sus vástagos, ver como centenares de personas van a comprar el periódico, observar como algunos se postran en las sillas de estos expendios de alimentos a degustar una taza de café y engullir las letras plasmadas en un pedazo de papel grisáceo y bañado en tinta de los diarios del día.
Una vida en una panadería. Es curioso detallar a la madre, que se apea de su vehículo, mientras trata aún de despertar a su hijo, que compra casi dominada por el desespero un par de cachitos y un cuartico de naranja. Más allá bajo un tumulto de nieve que puebla su cabeza, un anciano, pide diligentemente su guayoyo, así transcurre la mañana, bajo el aroma del pan recién hecho y del sonido de las licuadoras que baten las frutas para un centenar de merengadas.
Afuera los carros luchan contra su propia acumulación, y añoran los tiempos de más escasez de hidrocarburos en el ambiente, ante aquellos días de menos transito. El panadero, grita desde la cocina y una de las empleadas del mostrador salen corriendo a atender su llamado.
El ring-pact… ring pact de la caja registradora suena cada cuatro minutos cronometrados, entran y salen los compradores mañaneros, la montaña de periódicos va mermando a la medida que un cadena incansable de manos van posándose unas tras de otra encima de su lomo.
Se escucha la voz del propietario, en un español emparentado con portugués, que decía: “Bueno, apúrense con esas cosas, que la gente está pidiendo”, mientras que los empleados volteaban en un desojar de margarita, tratando de comprender al “jefe”.
“Bandeleiros, bandeleiros”, repetía en dueño de la panadería, mientras manoteaba al aire, mientras desaforado sus ojos prácticamente se salían de su órbita natural, ante el enfurecimiento de sus ánimos, que nadie entendía, por lo menos del lado de afuera del mostrador.
Luego de la tumultuaria jornada mañanera, se desprende del resto de las horas aún en am, una quietud angelical, sólo interrumpida por las conversaciones de los tomadores de café de oficio, aquellos que se distraen en diálogos que circundan desde los temas políticos, los debates de filosofía, las inquisiciones a temas económicos y los intercambios de pensamientos gnósticos de la vida.
Más allá de ellos, están los negociantes, que mientras hojeaban las páginas bursátiles de los medios nacionales, esperan a sus “enemigos” o mejor conocidos como “posibles socios” y tras de estos, los políticos, los que piensan que con una taza de café bien cargado pueden acabar con el gobierno o escalar posiciones gubernamentales.
Ya en la tarde, el debate entre clientes y trabajadores empieza otra vez. –Quiero 20 de jamón, y 20 de queso, más dos canillas allí- espetaba con voz de soñolientos, a eso de las 7:00 pm, el trabajador que cansado regresa a su casa y pretende que con los pedido puede garantizarle la cena a sus hijos.
“Mija… apúrate que tengo que llegar a mi casa”, también se le escuchaba a una señora, ya despeinada, que pedía que la atendieran con gestos eufóricos de su mano derecha, mientras contestaba el celular con la otra y agregaba “aló, amiga como estás, yo estresadísima”.
En aquella hora, se empezaba a oler nuevamente el pan recién hecho. Un hombre trajeado, después de recibir su bolsa marrón de papel, introduce su mano, para picar la masa y llevársela a la boca un pedazo del humeante y febril producto del trigo.
A las 9:00 pm, bajan la Santamaría, siguen despachando a los que aún se encuentran en el lugar, las trabajadoras suspiran, los que aún quedan en las mesas, sienten la presión de que “nos están botando ya” y se levantan a pagar sus cuentas. Un día terminado, mañana empieza otra vez a las 4:00 am.

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