martes, 8 de enero de 2013

Odisea por la harina

Especial para NPO-. Salí una mañana de enero, el sol se despertaba en medio de un cielo nublado, aún pocos carros emergían del letargo decembrino, acudí a abastecer a ese depósito de alimentos que solemos llamar nevera o refrigerador; mi meta era comprar varios productos, pero esencialmente el pan venezolano, ese empaque de harina de maíz que es señor en nuestras mesas y un poco de azúcar para darle gusto al paladar, pero lo que debía ser una acción rutinaria y sencilla se convirtió en la reedición de las inolvidables aventuras de Ulises en “La Odisea”.

Visitamos varios expendios de alimentos y ni rastro de la azúcar y menos de la harina, los centros de comercialización privados y las cadenas de abastecimiento de alimentos del Estado presentaban la misma situación o por lo menos, como dirían algunos por allí,  vivimos la: “sensación de escasez”. Pero no nos dimos por vencidos seguimos buscando en medio de un tour por el área metropolitana.

Las circunstancias que rodeaban la búsqueda del tesoro perdido cada vez se tornaban más complicadas, por ninguna parte aparecían los productos que se escudriñaban y a cada minuto que pasaba más personas se integraban a la cacería frenética por aquellos víveres que en ese momento valían más que cualquier pozo petrolero o mina de oro.

Cual rumor de río lejano brotó de la unidad amorfa colectiva una aseveración “llegó la harina a…”, y fue como si alguien hubiese dicho “preparados, listos, fuera”, porque todos se montaron, con una rapidez increíble, en sus respetivos vehículos y observé como doñitas de cierta edad y dones con canas que engalanan su edad, se convertían en los propios pilotos de la Formula 1, picando cauchos y demás.

Al final llegamos al sitio señalado como el cofre que guarda los diamantes de la corona, hombres, mujeres, y hasta niños se abalanzaron encima de los anaqueles que apenas presentaban un pequeño número de los ansiados comestibles. Empujones, insultos, agresiones, y una que otra mentadita de madre fueron parte de las características de aquel espectáculo venido a nosotros gracias al socialismo del siglo XXI.

Durante ese tifón de personas y ese maremoto de apretujones y calamidades, pudimos saltar cual atleta en las olimpiadas y conseguir unos dos paquetes de la apreciada harina de maíz, aunque intente traerme más, los representantes del local comercial, algo alterados por las pasiones desbordadas de su clientela, nos informó a los presentes que “sólo dos por persona, por favor”, lo que impidió, cual política de la tarjeta de racionamiento cubano, que pudiera traerme más de ese verdadero oro en polvo o granos.

Esta fue, en resumidas palabras, la odisea que tuvimos que enfrentar para hacernos de unos kilos de harina; lo único bueno de esta historia es que al saborear aquellas arepas nacidas de esta aventura me supieron más sabrosas, cual manjares de los dioses.

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