Visitamos varios expendios de
alimentos y ni rastro de la azúcar y menos de la harina, los centros de
comercialización privados y las cadenas de abastecimiento de alimentos del
Estado presentaban la misma situación o por lo menos, como dirían algunos por
allí, vivimos la: “sensación de escasez”.
Pero no nos dimos por vencidos seguimos buscando en medio de un tour por el
área metropolitana.
Las circunstancias que rodeaban
la búsqueda del tesoro perdido cada vez se tornaban más complicadas, por
ninguna parte aparecían los productos que se escudriñaban y a cada minuto que
pasaba más personas se integraban a la cacería frenética por aquellos víveres
que en ese momento valían más que cualquier pozo petrolero o mina de oro.
Cual rumor de río lejano brotó de
la unidad amorfa colectiva una aseveración “llegó la harina a…”, y fue como si
alguien hubiese dicho “preparados, listos, fuera”, porque todos se montaron,
con una rapidez increíble, en sus respetivos vehículos y observé como doñitas
de cierta edad y dones con canas que engalanan su edad, se convertían en los
propios pilotos de la Formula 1, picando cauchos y demás.
Al final llegamos al sitio
señalado como el cofre que guarda los diamantes de la corona, hombres, mujeres,
y hasta niños se abalanzaron encima de los anaqueles que apenas presentaban un
pequeño número de los ansiados comestibles. Empujones, insultos, agresiones, y una
que otra mentadita de madre fueron parte de las características de aquel
espectáculo venido a nosotros gracias al socialismo del siglo XXI.
Durante ese tifón de personas y
ese maremoto de apretujones y calamidades, pudimos saltar cual atleta en las
olimpiadas y conseguir unos dos paquetes de la apreciada harina de maíz, aunque
intente traerme más, los representantes del local comercial, algo alterados por
las pasiones desbordadas de su clientela, nos informó a los presentes que “sólo
dos por persona, por favor”, lo que impidió, cual política de la tarjeta de
racionamiento cubano, que pudiera traerme más de ese verdadero oro en polvo o
granos.
Esta fue, en resumidas palabras,
la odisea que tuvimos que enfrentar para hacernos de unos kilos de harina; lo
único bueno de esta historia es que al saborear aquellas arepas nacidas de esta
aventura me supieron más sabrosas, cual manjares de los dioses.
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